Me levanto de esa manera en la que uno se puede levantar un domingo cualquiera. Después de mear todo el ron y todas las drogas posibles consumidas la noche anterior hago un análisis de lo que hice esta noche, ayer noche. Ayer me deje llevar a una cena con los compañeros del hotel. Ese tipo de cenas que se suelen hacer anualmente con la llegada de estas fechas tan....- Me sentí como un pececillo de colores sumergido en una excursión antropológica dentro de una pecera de realidad. El punto de encuentro el hotel, por supuesto. Y de allí nos dirigimos a Don Caracol, o creo que así se llama el restaurante. El nombre lo dice todo, Don caracol,- ¿a dónde vamos, a Don Caracol. Todos vamos a Don caracol claramente, Don caracol es lo más. Yo no sabia que existía un sitio así, pero me sentí feliz de que existiese solo para mi.
Llegamos al restaurante encontrado del pueblo perdido. Can Pastilla. Solo un sitio así podría llamarse Can Pastilla, es casi tan triste como ponerle a un pueblo El arenal solo porque allí había arena un tiempo atrás. ¿que cojones había en Can Pastilla en un tiempo atrás?.
Entro en el restaurante mágico con mis compañeros de trabajo a los que hacia meses que no veía. Me puse muy contentos de pasar una noche con ellos, es cierto compañeros. Ellos saben que yo no soy la típica persona perdida que cuando se queda flotando en el paro suele pasar por el puesto de trabajo para ver como curran los compañeros, fumar un cigarrito y hablar de la liga de fútbol. No nos escribimos mails, no nos llamamos por teléfono en todos los meses en lo que estoy fuera del hotel. Pero no podía rechazar una oferta como la de ayer. Salir con gente de la cocina y un par de camareras que parecen haber salido de Yo soy la Juani.
Después de esperar unos minutos logramos sentarnos en la mesa. Don Caracol es como suena, típico restaurante de capacidad para 80 personas y allí se meten 5000 mil. Platos gigantes y grasientos, escalopes de carne con el que podrías empapelar una pared entera. Fritura de esas de la que no te puede despegar del olor aunque te duches en un tanque de lejía con quitagrasa. Cubiertos de dudosa limpieza y manchas imposibles de rascar , camareros con extrañas dentaduras y peinados estilo El arenal años 70.
Y el primer concursante de la noche soy yo. Con miles de pruebas que tengo que pasar para poder contarlo a la mañana siguiente. Le echo una ojeada a la carta. Después de leer el nombre del tercer planto me sube por el cuello a presión lo que desayune por la mañana. Decido no comer, no por falta de hambre, más bien por precaución.
Estoy sentado con las camareras kinkis, con sus aros, con sus pestañas que pueden terminar cayendo en el plato y luego ser tragadas por ellas. Con sus espejos que sacan de sus bolsos dorados, con su medias de 20 centímetros de grosor compradas un jueves en la plaza acompañadas de sus madres después de ir al ambulatorio para hacerse unas pruebas del sida , con sus pelos rubios de mentira, con todos esos pocos temas de conversación que no van más allá de no sé o dé qué cojones estas hablando, o no la he visto, no voy al cine, mi novio se la ha bajado de internet o mira mi ultima pulsera de oro de mentira que me ha regalado mi quinto novio militar que está de servicio y el otro día me metió todo el fusil hasta el final de mi espina dorsal.
Después de ver cenar a mis compañeros, de hacer unas risas a base de hacer todo tipo de alusiones al sexo sin condón , chistes sobre jefes y desastres naturales en países tercermundistas, nos vamos del restaurante, con las barrigas bien llenas y mi ego vacío,- siempre quise escribir una frase así. El plan después del restaurante es llevarme a un sitio de copas que se llama copas. Sí amigos, ¿a dónde vamos?. Vamos al copas, donde fuiste ayer. Pues al copas. El copas es un bar que está en la playa de palma muy cerca de mi zona del gueto. La ultima vez que me metí en ese bar fue hace quince años cuando entré para comprar tabaco. Yo tenia flequillo, estaba muy delgado y lo más seguro es que llevase alguna orterada de camiseta estampada con la cara de Morrison, Van no, el otro. Tengo que decir que el copas es el típico bar de cuarentones royo aun somos jóvenes, podemos hacer locuras, pero que no se entere mi mujer. Bar de salida nocturna con clenchazas de campeonato después de doce horas de trabajo encerrados en un hotel. Es ese típico sitio en plan maquina del tiempo donde me puedo encontrar con toda la gente que he conocido durante estos casi veinte años metido en hoteles y me sorprendo de ver que están igual de mal, están en el mismo sitio donde los deje años atrás.
Entramos en el sitio mencionado , hay pista de baile con regeton, canciones flamencoides, gitanos bailando con pelo recogido, botas de punta y bolsitas de plástico en sus chaquetas. En la puerta un tipo calvo y culturista abre la puerta a todos los que entran. Da igual quien seas o de donde vengas siempre que tengas dinero para fundirtelo en copas con dos cubitos de hielo. La barra sirve de diván para todos aquellos amargados que han gastado todo el azúcar que tenían en los bolsillos antes de los 45 y ahora se sorprenden de que todo es una mierda mientras se funden sus pensamientos con la ultima compra que hicieron en el carrefourd. La gente es ese sitio no es ni vario pinta ni peculiar, es como si me hubiese colado en un videoclip de hip hop calorro con coches tuneados color rojo. Se podría quitar la música de repente y yo podría preguntarles a todos en medio de la pista de baile, como en abre los ojos: ¡¿alguien piensa en este sitio, alguien tiene algo que decir sobre expresionismo abstracto, a alguien le interesa todo lo que está pasando ahí fuera?!!!!.